Sección Colaboradores Lectores. Artículo de junio de 2016. OTRA VEZ A CUESTAS CON EL CATALÁN EN ARAGÓN: ¡QUÉ PESADEZ!

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Con la legalización y autorización -por parte del Gobierno aragonés- del catalán como lengua vehicular en los centros de enseñanza públicos se da un paso más -el siguiente será el de la cooficialidad- en la estrategia que los nacionalistas catalanes tienen diseñada para las “regiones” colindantes desde hace mucho tiempo: “el de la unidad lingüística a la unidad política y de ésta a la territorial”.

En este sentido, el catalán, jurídicamente ya es una “lengua propia” de Aragón. Poco a poco hemos pasado de la enseñanza voluntaria de las diferentes variedades dialectales locales del Aragón oriental, a la enseñanza del catalán reglado, es decir, aquel “idioma normalizado” que hace ya mucho tiempo -finales del siglo XIX- sustituyó obligatoriamente a las numerosas variedades dialectales en las que hablaban los catalanes de aquellos tiempos faltos todavía de un sentimiento secesionista.

Lo vieron claro los ideólogos de la Renaixença cuando decidieron cortar por lo sano e imponer un idioma único -reinventado- basado primordialmente en la variedad dialectal del barcelonés, posiblemente la menos “agradable” de todas aquellas variedades dialectales. ¿Saben, acaso, los habitantes del Pallars, o del Urgell, cómo hablaban sus antepasados, o mejor dicho, saben que sus antepasados tenían un dialecto propio diferenciado de la lengua -no la llamo dialecto porque posee una gramática, unas reglas y unas normas ortográficas- común, el catalán?

¿Saben acaso los catalanes actuales que en 1861 se intentó unificar la caótica ortografía de los diferentes dialectos y que se fracasó en el intento?

En 1891 Pompeu Fabra publicó su “Ensayo de gramática del catalán moderno” indicando claramente que toma como referencia el dialecto barceloní y no el del interior, más rural…

En 1907 Prat de la Riba funda el “Institut d´estudis catalans (IEC)” que tocó el tema del idioma de forma sesgada.

Y, por fin, en 1912, el IEC contrata a Pompeu Fabra para que se “invente” las normas ortográficas y publique su “primera gramática catalana”.

Y, cuando pregunto… ¿Saben los catalanes?… debería de hacerlo extensivo también a… ¿Sabe el presidente de Aragón?…, ¿Saben los dirigentes de la Chunta?…, etc. ¿Están dispuestos a cometer tamaño despropósito por una lengua “inventada” hace 104 años?

Antes de que los catalanes convirtieran la lengua -ciertamente no tenían o tienen otro tema singular o diferenciador- en la lucha victimista identitaria, la realidad histórica pintaba de forma muy diferente.

Los propios catalanes tildaban a la lengua catalana como dialecto denominándola como llemosí en vez de catalán.

El padre de la romanística europea, el alemán Friedrich Diez, planteó en 1842 seis lenguas fundamentales derivadas del latín, y el catalán no está entre ellas al  considerarla una variante del provenzal, no una lengua independiente; los filólogos pensaban que, hasta 1906, Cataluña era un mosaico de dialectos. Diez también llegó a la conclusión de que el valenciano y el occitano eran una misma lengua.

Se atribuye el origen de la Renaixença a una poesía de Aribau, a la que se dio el título de Oda a la Patria, publicada en 1833. Aribau, que de nacionalista tenía muy poco, escribía en castellano, siendo esta poesía en catalán una rara excepción en su obra producto de un compromiso -escribieron poesías en varias lenguas- con varios compañeros de trabajo madrileños que celebraban la onomástica del jefe de todos ellos. En dicha poesía, Aribau no habla de catalán, sino de llemosí. La propia Renaixença cultivaba el llemosí -“lengua medieval elegante”- diferenciándola de las variedades dialectales surgidas de ella misma y habladas por la “ignorante e inculta” población rural.

Pero el lemosín -llemosí-, que podía haber sido la lengua oficial de Cataluña, tenía los días contados por su evidente adscripción francófona. A pesar de que el Sr. Junqueras diga que los catalanes tienen un ADN más francés que español, tampoco les agrada esa adscripción, pues deja en evidencia una dependencia hacia un idioma, lengua o variedad dialectal de otro país, por lo que la pretensión de partir de la nada, de un origen primigenio puro y absoluto “per se” y sin inferencias, caería por su base.

Evidentemente han olvidado a aquel lemosín que los condes francos -y sus tropas- trajeron con la Marca Hispánica e impusieron a sus súbditos godos –también llamados hispanos en las crónicas de la época- y que estos “patanes incultos” vulgarizaron y mal hablaron convirtiéndolo en las variedades dialectales catalanas que nos ocupan, o mejor dicho, que nos ocupaban, porque como pasará próximamente en Aragón, desaparecieron hace poco tiempo, y para siempre. Por cierto, la aristocracia franca olvidaba que ellos habían -en tiempos- destrozado el latín convirtiéndolo en un dialecto romance popular y facilón, apto para un pueblo inculto. Igual pasó en el resto de lo que hoy llamamos España, con el castellano, el aragonés, el leonés, el gallego, etc.

Los lingüistas franceses actuales consideran el occitano -la lengua d´Oc- como la génesis de las diversas variedades dialectales del sur de Francia siendo las que más pudieron afectar a los dialectos hispanos -por proximidad-; el gascón -con su variante bearnais– a Navarra y Aragón; el lengadocian a Cataluña; el provençau tendría una influencia remota pues se da en la Provenza francesa; el lemosín, curiosamente también está lejos -al norte del Lengadòc, colindante con la tierra de los castillos del Loira-, por lo que resulta curiosa la denominación dada por los representantes culturales del XIX a lo que ellos hablaban, por lo que posiblemente se debe a su prestigio por ser la lengua de los trovadores medievales al igual que el provenzal; también son dialectos del occitano el auvernhat, el vivaroaupenc, el creissent, y algunas subvariedades. Está totalmente demostrada la influencia y la paternidad compartida de los dialectos más próximos sobre las “lenguas” romances hispanas más próximas, el aragonés incluido. Vuelvo a insistir en que cuando se hablaban, en el Pirineo hispano, los dialectos romances -más apropiado sería denominarlas fablas pues son subvariantes de dichos dialectos-, no existía la denominación de catalán, lo que nos lleva a preguntarnos por qué se insiste en decir que se hablaba catalán si esta denominación es posterior.

occitano

Mapa: Web de Teresa Puerto Ferre

La primera vez que se utilizó la palabra “catalanes” fue en la carta de Privilegio de Tortosa en 1149, cuando se usó dicha denominación para referirse a los territorios tarraconenses y leridanos recientemente conquistados a los musulmanes. Posteriormente, en un escrito Real firmado en Jaca en 1176, Alfonso “El Casto” se dirige también con el mismo término a los habitantes de Barcelona, Besalú, Ausona y Rosellón, es decir, a los primitivos condados de su antepasado Ramón Berenguer IV. Hacia finales del siglo XII aparece el primer texto literario redactado en catalán, una colección de sermones –les Homilies d’Organyà- escrito en un dialecto muy similar al occitano. Lo mismo se puede decir de los documentos oficiales que los reyes aragoneses dirigían a sus súbditos catalanes, empezando por Jaime I, que escribió su Crónica en lemosín.

Realmente el sentimiento pancatalanista se inicia con la pérdida de las últimas colonias del Imperio español, especialmente Cuba y Filipinas, en las que la alta burguesía catalana tenía grandes intereses, extensos latifundios, industrias boyantes y mano de obra sin costes. La pérdida de “sus posesiones” convirtió a algunos de estos acendrados españolistas en unos resentidos y vengativos pancatalanistas, movilizando y convirtiendo a parte de la prensa, de la Iglesia y de sus trabajadores locales en propagandistas de una nueva causa, ya que nada les vinculaba con la casa común de España; perdidos sus intereses en tierras españolas, había que buscar de forma autónoma nuevas expectativas con otros países, por ejemplo Francia, Italia, etc. (Sobre estos temas y en especial sobre el esclavismo y las familias más representativas en estas aberraciones merece la pena leer a Javier Barraycoa, autor de “Historias ocultas del nacionalismo catalán”). A este problema se le sumó el “arancel Figuerola” -los catalanes reivindicaban y conseguían aranceles proteccionistas desde tiempos inmemoriales- que abolió la prohibición de importaciones a partir de 1876. Para los industriales catalanes -la revolución industrial catalana se identifica con los años comprendidos entre 1841 y 1857- la rebaja de los derechos de aduana podía significar la ruina -tal y como había sucedido en ocasiones anteriores y por otros motivos parecidos como la exención de aranceles a las materias primas oriundas de Aragón, Castilla o cualquier otro punto de la Península-, por lo que recurrieron de nuevo al chantaje exigiendo la autonomía local. La unión de los terratenientes e industriales de ultramar y la de los industriales locales generó un movimiento a ratos autonomista y en ocasiones preindependentista que fue in crescendo apoyando, cuando la ocasión lo requería, a pequeños partidos revolucionarios e independentistas y creando para tales propósitos partidos políticos –la Lliga Regionalista en 1901- y fundaciones y asociaciones de todo tipo, no cejando en su empeño hasta los años 30 del siglo pasado.

Volviendo al tema de la lengua catalana, no puedo por menos de reproducir una anécdota que relata Antonio Beltrán en su libro “Aragón y los aragoneses” en la que -… un viejo valenciano de entonces me dijese, poco más o menos: << Nosotros no hablamos valenciano, catalá, o mallorquín como las gentes del sur de Francia no hablan occitano. Esos son los motes que hemos puesto al llemosí, que es lo que hablamos todos>>.

No voy a entrar en este breve relato a explicar cómo la sociedad catalana se aprestó -con poco éxito y participación, al principio- a construir a partir de 1860-70 su Academia de la Lengua, a unificar las variedades dialectales -y a exterminarlas-,  generando una nueva ortografía -los dialectos tenían un formato básicamente verbal- evidentemente muy castellanizada pues los dialectos eran muy pobres en terminología científica, filosófica, literaria, etc. No hay que olvidar que era la lengua de la gente del pueblo, de los payeses y, por tanto, no necesitaban expresarse “exquisitamente”. En lo concerniente a los escritos “antiguos”, estos tenían más de lemosín o latín que los dialectos locales en que se expresaban aquellos catalanes de finales del XIX, y no era cuestión de recaer en los orígenes francófonos del tema, aunque, a su pesar, no pudieron evitarlo pues los orígenes estaban en la raíz esencial y son inamovibles.

Gran parte de los argumentos pancatalanistas actuales con respecto a Aragón se basan en la homogeneización lingüística de la denominada por ellos “Franja de Ponent” y de la colonización de la misma por personas de origen catalán desde la Edad Media hasta nuestros días; es decir, que al argumento lingüístico le suman el del ADN.

Difícilmente Cataluña pudo colonizar esa parte de Aragón cuando no ha existido como tal -jurídica, política y administrativamente- hasta épocas recientes. Existían los condados catalanes, llamados así porque estaban habitados por castellanos -los habitantes de los castillos-, en francés u occitano, chatelain o châtelain, lo que curiosamente los asemeja a los castellanos de Castilla, y los confronta con los villanos       -sin sentido peyorativo- habitantes de las villas, las futuras ciudades de nuestra época.

Si el lector tiene curiosidad y se hace con el listado de antiguas poblaciones del Reino de Aragón -1845- de Pascual Madoz, la mayoría hoy desaparecidas y convertidas en ruinas abandonadas -en muchos casos no hay ni ruinas-, y compara las de Jaca, Somontano, Sobrarbe y Ribagorza con otros documentos de época similar del sur de Francia, comprobará que numerosas toponimias se corresponden, precisamente, con las del sur de Francia, es decir, son iguales o casi iguales, y que esos términos toponímicos se corresponden con una gran mayoría de apellidos aragoneses actuales, algunos de ellos reclamados por el nacionalismo catalán como inequívocamente propios.

Que la repoblación de las tierras pirenaicas de Aragón y Cataluña se llevó a cabo por francos -que ya hablaban en un primigenio bearnés, occitano, lemosín o como queramos denominarlo-, pamploneses y de todo tipo de gente que huía de la dominación musulmana, es algo de lo que no hay duda, y de que aquella gente tomaba su apellido -en numerosas ocasiones- de sus poblaciones de origen en el País Vasco francés, en el Bearn, Languedoc, Provenza, etc… no hay ninguna duda, y de que esa gente se mezcló con la población vascona, goda o celtíbera -denominada en los anales de la época como hispana- de aquel lugar y de que en siglos posteriores ha habido un intercambio entre los habitantes de los valles aragoneses y catalanes -todavía no adscritos como catalanes con el concepto que hoy tenemos- es un hecho cierto, pero de ahí a hacernos comulgar con ruedas de molino en base a una invasión de abolengo y lingüística que sedimente la anexión actual hay un largo trecho. (Esa población goda, celtíbera, etc…, a diferencia de los habitantes del territorio de la actual Cataluña, pasó a denominarse aragonesa con la creación del Condado -en primer lugar- y luego del Reino de Aragón). Aquí, la única “invasión” que ha existido realmente ha sido la de los habitantes de los valles pirenaicos conforme avanzaba la Reconquista y la repoblación de las zonas conquistadas, llegando poco a poco hasta el mismísimo mar Mediterráneo, tal y como da fe mi propio árbol genealógico y el de numerosísimos aragoneses oriundos del Maestrazgo -mi caso particular-, del Bajo Aragón, la Litera, el Matarraña, poblaciones como Monzón, Fraga, etc.

Volviendo al tema de la presunta catalanidad de las comarcas pirenaicas catalanas, Ubieto Arteta en su libro “ Lecturas para comprender Aragón” nos recuerda que la “casa de Aragón” representada por Petronila <<estaba constituida, en aquellos tiempos,  por los reinos de Aragón, Sobrarbe, Ribagorza, Monzón y Zaragoza, las Tierras de Huesca, el valle de Arán y sus derechos al condado de Pallars, mientras que Ramón Berenguer IV aportaba los condados de Barcelona, Gerona, Ausona, Besalú, y Cerdaña, territorios todos ellos diferenciados entre sí todavía>>>.

Cataluña no fue nunca un país, un reino, un condado o una nación y, en absoluto, un principado; era un territorio formado por varios condados que hablaban varios dialectos más o menos parecidos entre sí y en el que sus habitantes se regían por una legislación foral consensuada vinculada preferentemente a la recaudación -la Generalidad- de tributos para la Corona, lo que no es suficiente para ser una nación, dándole carácter singular y diferenciado su adscripción a la Corona de Aragón, y aun así, lo hizo de forma individual, condado a condado, y no como ente territorial dotado de un carácter único a nivel político, legislativo y administrativo frente a terceros países o reinos o, en una palabra, un sujeto político colectivo en el que residiera la soberanía constituyente de un Estado.

Si quisiéramos utilizar las mismas metodologías torticeras, demagógicas y falsarias de numerosos filólogos e historiadores nacionalistas catalanes, podríamos llamar perfectamente  aragonés a todas las fablas romances que hasta hace poco se hablaban en los valles pirenaicos catalanes, incluidos Arán, Pallars y el condado de Urgell -aliado natural de los reyes de Aragón e independiente durante muchos siglos- ya que, por lógica, si pertenecían al Reino de Aragón y no existía Cataluña, siendo los súbditos de los reyes aragoneses conocidos como aragoneses, lo lógico es que hablasen el aragonés, planteamiento que podríamos hacer extensivo a los pamploneses -que no navarros-, ya que el reino de Pamplona fue detentado por reyes aragoneses hasta poco tiempo antes del advenimiento de Petronila, y ya puestos, animaría a los riojanos y a los navarros –como descendientes de los pamploneses, a que reclamasen el cambio de la terminología “idioma castellano” por “idioma riojano” o “idioma navarro” -ya que aquellas tierras habían pertenecido al reino de Pamplona hasta hacía muy poco tiempo- o, incluso, “idioma navarro-aragonés” -en la zona occidental de Aragón se habló el rudimentario castellano o español muy en su inicio- pues parece que aquel monje del Monasterio de Yuso, en san Millán de la Cogolla, allá por el siglo XI, hablaba el aragonés de la zona de Jaca. …Absurdo todo esto, ¿verdad?, pues no se nos ocurre hacer tal cosa porque los aragoneses tenemos un sentido común muy acentuado, y un gran respeto por la historia y las normas, leyes y pautas de entendimiento que nos hemos ido otorgando a lo largo de los siglos.

Resulta sumamente curioso que la Generalidad haya tenido que tragar con el aranés por motivos estrictamente políticos y a la fuerza. El Estatuto de Autonomía de Cataluña de 2006 establece que “la lengua occitana, denominada aranés en Arán, es la lengua propia de este territorio y es oficial en Cataluña de acuerdo a lo establecido por el presente Estatuto y las leyes de normalización lingüística”.

Muchos de los catalanes menores de cincuenta años creen que en la Edad Media se hablaba el mismo catalán normalizado y estándar que se habla hoy en día, y piensan dicho disparate porque desconocen la historia y el proceso de génesis del catalán actual, no saben que es un idioma moderno.

Sería bueno recordar que hace poco tiempo historiadores y filólogos pancatalanistas se dedicaron a expurgar y clasificar torticeramente -llegaron incluso a destruir pruebas documentales- los listados de los primeros repobladores del Reino de Valencia, todo ello con el objetivo de demostrar que la mayor parte de dichos repobladores eran de origen catalán -un estudio aséptico e imparcial demostró todo lo contrario- y por lo tanto hablaban catalán, luego, y por lógica pancatalanista, el valenciano es tan solo catalán, algo falsario que demostró reiteradamente Antonio Ubieto Arteta en numerosos estudios donde se probaba que los habitantes del Reino de Valencia ya hablaban un dialecto (o lengua) romance valenciano mucho antes de la Reconquista. Por cierto, la defensa de esta tesis le obligó a abandonar su cátedra en Valencia y aquellas tierras por culpa de los virulentos ataques que recibió en aquel momento, y estamos hablando de hace ya muchos años.

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Antonio Ubieto Arteta

Hace muy pocos días, Albert Rivera, líder de Ciudadanos, reconocía en una entrevista que “mis libros de historia hablaban de la corona catalano-aragonesa y descubrí al visitar Caspe, y otros sitios históricos, que la Corona no era catalano-aragonesa sino de Aragón”. Si a los niños que tenían diez años en 1977 cuando se aprobó el Estatuto catalán les sumamos treinta y nueve años -que es el tiempo transcurrido- veremos que hay un enorme segmento de población catalana menores de cuarenta y nueve años que han recibido una formación tendenciosa y falsa, a añadir la influencia de estas personas sobre su entorno mayor de edad –padres, tíos, abuelos, etc.- y las nuevas generaciones que se van sumando año tras año; ¡sin solución! Así pues, si Albert Rivera, que tiene treinta y siete años, un hombre culto y “viajado”, cae en semejante error -posiblemente todavía desconozca otros peores-, no se debe a otro motivo que las deleznables campañas “educativas” promovidas  desde el pancatalanismo porque, para un nacionalista radical, una nación no es nada si no tiene una gran historia a la que acogerse para reivindicar sus pretensiones, o un idioma propio -absolutamente propio- sin inferencias extrañas.

Asimismo, qué mejor bandera de reclutamiento para el pancatalanismo que implicar a sus habitantes en una aventura expansionista, reivindicando territorios más o menos cercanos –podrían reivindicar Atenas y sus territorios colindantes- en un proceso de ambición sin límites, tal y como la historia nos demuestra han hecho todos los dictadores que han existido.

Por otra parte, toda intento de “nación” imperialista fascistoide en proceso de endiosamiento y expansión tiene que tener un montón de tontos útiles o interesados, o las dos cosas que, desde otros territorios, les hagan el paripé y les sigan la corriente, y ahí es donde intervienen un montón de aragoneses de los que nadie sabe a qué oscuros intereses sirven, aunque posiblemente sea una simple cuestión de estulticia. Prefiero creerlo así…, pero ¿dónde están los filólogos y los historiadores imparciales y valientes, sin temor a decir la verdad, aragoneses o de otras latitudes, que callan ante tanto disparate…?

Por todo lo antedicho, ¿no sería más razonable, consensuado y democrático seguir enseñando nuestros dialectos aragoneses a aquellos que libremente quieran aprenderlos?

Para finalizar, un breve apunte. Creo que resulta evidente que cuando describía las lenguas romances como lenguas habladas por el pueblo llano incapaz de hablar un correcto latín, lo he hecho con ironía. Evidentemente, tiene un gran mérito que aquellos dialectos romances hayan evolucionado a través de los siglos -con la aportación y el trabajo de prestigiosos gramáticos y lingüistas- otorgándose continua y constantemente normas y pautas ortográficas y lexicográficas hasta nuestros días, convirtiéndose en las esplendorosas lenguas que hoy conocemos, tales como el francés, el italiano, el español o castellano, etc.

Una de las mayores diferencias entre el catalán y el español consiste en que Antonio de Nebrija publicó el primer libro impreso que estudia las reglas de una lengua romance -la gramática castellana- en el año 1492, cuando todavía no existía la lingüística como disciplina. Desde entonces, la incorporación de palabras de origen aragonés, leonés, galaico, andalusí, etc… ha sido constante, añadiéndose a las que ya incorporaba la gramática de Nebrija en un planteamiento coral, enriquecedor y aglutinador de todo el territorio hispano.

Para finalizar, quiero insistir en que tan solo una “diferencia” de 420 años separan la Gramática de Nebrija de la de Pompeu Fabra -no quiero ser malo remontándome a Alfonso X el Sabio y todavía en menor medida a las Glosas Emilianenses del siglo XI- o a que nuestros dialectos aragoneses tengan más de mil años mientras que el catalán actual normalizado tan solo cuente con ciento cuatro años, datos que a algunos de nuestros ilustres próceres catalanes y ¿aragoneses? les traerán sin cuidado.

Federico Susín

Zaragoza, junio de 2016

 

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